Después de veinte años, un amigo lo llamó por teléfono y le comentó que se había encontrado con Ana. Luis de inmediato le preguntó:
--¿Se casó?—
--No se, hablamos poco, estaba apurada—
--Al menos, le pediste su número de celular—
--No, pero le di el tuyo. En realidad, ella me lo pidió. Me preguntó si te seguía viendo, y me dijo que necesitaba ponerse en contacto con vos—
El recuerdo de Ana, su primera novia, había permanecido intacto en su memoria: el cabello rojo, enrulado; la fina y blanca piel sobre la que resaltaban sus pecas sensuales; la personalidad avasallante con la que conquistaba la atención de todos los que la rodeaban, hombres o mujeres. El corte de la relación fue bastante doloroso por tratarse de un tercero en discordia. Las cosas se dieron así y no la vio más. Sin embargo, Luis la recordaba con frecuencia; no podía evitar las comparaciones mentales entre la pelirroja y la mujer con la cual se había casado. Continuaba creyendo que era su verdadero amor, que con ella hubiese sido realmente feliz.
No tardó en llamarlo. La voz en el teléfono se escuchó lánguida, como si los años la hubiesen suavizado o gastado, pero era el mismo timbre incisivo de su recuerdo. Las palabras de ella se sumaban apuradas, ansiosas. Esto le hizo pensar que estaba arrepentida, que quería reconciliarse, recuperar los años perdidos. Él estaba dispuesto a perdonarla, a dejarlo todo, a volver al punto del desencuentro y vivir el resto de su vida junto a ella, a ese monumento encantador y vivaz.
El día del reencuentro salió de la oficina apresurado, acelerado, sentía en la sangre esa efervescencia feroz de los diecisiete años. ¿De nuevo un adolescente? Por un momento se olvidó de la insipiente pelada, de esas canas apuradas de los cuarenta, de esos kilitos de más, de la cara de cansado, que inútilmente todas las mañanas trataba de estirar frente al espejo, porque el gesto que traslucía era de un tipo que ya estaba de vuelta. Cavilo en excusas: mucho trabajo, una reunión importante, algo que sonara bien. Lo conveniente sería retrasar el encuentro y mejorar su imagen. Entonces, como riéndose de un mal chiste se dijo: “para ella también pasaron veinte años”.
No se le notaban para nada. Al verla se sintió una piltrafa, como un pobre tipo al que la vida lo había maltratado. Este sentimiento de menoscabo duró un segundo, hasta que el monumento femenino se abalanzó a Luis en un abrazo estrepitoso que le hizo crujir los huesos. El pobre hombre no podía reaccionar ni respirar por la compresión corporal a la que estaba sometido. Así, amedrentado, recibía todo el cariño tieso como una estaca. Después de estrujarlo un poco, separó su cuerpo de él, lo miró con cara de sorpresa y le dijo: “estás igualito, ¿cuál es el truco?” Logró responderle con un gesto.
La reunión se transformó en un monólogo de la pelirroja, todavía delgada, pero más hermosa, el tiempo había realzado sus encantos, reforzado sus líneas, el pelo era más rojo, la cara más lozana, los ojos más grandes y expresivos, y las pecas rojas lanzaban besos. Luis oía la hondonada de palabras que ella derrochaba con gran desparpajo y gestos grandilocuentes, tomándole las manos de a ratos para halagarlo con frases como: “estas divino, se ve que la vida te trata bien, me fascina esa expresión relajada de felicidad que trasmite tu rostro”. En cinco minutos habló la cantidad de palabras lógicas para una hora, una velocidad en la lengua no muchas veces escuchada. Luis, en ningún momento emitió palabras, solo lograba asentir con la cabeza o mover un poco las manos cuando ella se las soltaba para arreglarse el cabello o estirarse un poco más el escote de la blusa.
Para ir cerrando la conversación comenzó a parlotear en un tono pausado, claro, hipnotizante. Luis estaba ensimismado observando sus gestos, sus labios, sus movedizas manos, por eso, no notó el cambio súbito de tema y el ralentando expresivo de su voz. Para despertarlo del letargo, cambió nuevamente el tono por uno firme y convincente: “Resumiendo: un seguro de vida es lo que vos necesitas. Hoy en día, como se vive, toda la gente lo debería tener. Pensá en tu esposa y tus hijos, si los tenés, y si no, elegí como beneficiario a quien se te ocurra. Si firmás ahora te puedo hacer un descuento del veinte por ciento en la primera cuota, y después seguimos todo el tramite por Internet”.
Entró a su casa decepcionado. Se sentó en el sillón a mirar un partido de futbol, mientras la esposa le servía una pizza con cerveza. No pudo evitar la comparación: “Silvina, ella sí que sabía preparar una pizza riquísima, no como la que cocina mi señora que parece un colchón de alverjas”. |